La manada y tú

Estás en una fiesta. Un fiestón. Madre mía, el tinto de verano y los mojitos están de muerte, y bien fresquitos. Cuando te quieres dar cuenta, estás más mareada de la cuenta. Incluso un poquito revuelta y se te ha puesto la lengua tonta. Hasta se te cierran un poco los ojillos y tu amiga te dice “¡Que se te bajan las persianas!”

Terminas perdiendo de vista a tus amigas entre la multitud y se te acerca un chico para bailar contigo. Te parece mono, aunque por las horas que son y el alcohol que llevas en sangre, puede que sea cosa de tu imaginación. Poco importa. El caso es que él quiere ligar contigo claramente y a ti te gusta, y charlas un rato con él. Cosas que pasan, cuando te quieres dar cuenta os estáis besando y te invita a ir a un sitio más tranquilo. Se unen sus cuatro amigos, que parecen majos. Comenzáis a andar, no sabes muy bien hacia dónde. Estás tú como para pensar.

No sabes cómo has llegado hasta allí, y te estás acordando del chupito de tequila que te podías haber ahorrado. El caso es que estás en un portal. Oscuro. Estrecho. “¿Qué hago aquí?” te preguntas. “¿Por qué vienen estos con nosotros? ¿Por qué no nos dejan solos?” Te dicen que no grites, te agarran de los brazos y te llevan hasta una esquina. Te rodean y empiezan a bajarse los pantalones. Tú sientes cómo de repente la adrenalina sube, y el alcohol baja. El corazón parece estar a punto de salirte del pecho y sientes cómo tu cara se queda blanca. Sientes un calor sofocante y empiezas a sudar. Esos cinco están esperando que hagas todo lo que ellos quieran. Y tú solo querías estar un rato a solas con uno de ellos y volver con tus amigas. Estás acorralada y ellos ya no aceptarán un no por respuesta, porque has cometido el error de calentar a uno de ellos. Has cometido el error de tomarte ese chupito de tequila que no te deja ver con claridad. Y los tintos de verano y los mojitos que te doblan las piernas. Y ellos, como buena manada de depredadores, han estado acechando a quien no pudiera quejarse. A quien ni siquiera se viera con el valor suficiente para negarse. A quien optara por vivir. Porque en ese momento, recuerdas a tu abuela diciéndote “Hija, si te cogen por la calle y te quieren forzar, mejor no te resistas, que puede ser peor. Tú cierra los ojos e intenta que pase cuanto antes”. Y eso haces. Porque por encima de todo está tu vida. Por rota que quede. Por mucho que te vaya a costar volver a juntar los pedazos que queden. Solo tienes una, y no estás dispuesta a perderla. Te animas, puedes hacerlo. Vas a pasar por esto y en media hora todo habrá terminado. Pero son cinco. Cada minuto te parece una eternidad. Joder, quieren hacer de todo. Por la boca, por delante, por detrás. Te duele, te desgarra, te sientes el alma escaparse a trocitos en cada exhalación. Qué difícil es saber si un gemido es de placer o de dolor. A ellos poco les importa. Se piden la vez, como si estuvieran en la carnicería. Porque eso eres para esos tíos, un trozo de carne.

De golpe despiertas de la pesadilla. Ellos se van corriendo y por fin puedes encontrar un momento de alivio. Todo ha pasado. Vas a pedir ayuda, a llamar a tus amigas, para que vengan a buscarte. Pero te han quitado el móvil. Te han quitado el móvil. Te han quitado hasta la oportunidad de pedir ayuda y te quedas abatida sentada en un banco. Y todavía esto no ha terminado, porque aún te queda que te investiguen, que te juzguen por querer aprovechar lo que te queda de este regalo que es la vida, que te pongan en duda por luchar por lo que te pertenece: tu derecho a vivir tus 18 años como la adolescente llena de vida que eres. Que unos señores que no conoces vean un vídeo en el que apareces teniendo un sexo que tú no querías tener con cinco desconocidos. La humillación, la vergüenza, revivir cada segundo del dolor que consigues recordar y no logras olvidar.

En la sentencia se reconoce que tú no consentiste. Pero no se reconoce que hubiera violencia, ni que hubiera intimidación. Si no es violento, si no es intimidatorio que cinco personas te penetren por todos los sitios posibles mientras tú estás acorralada y tus piernas apenas te responden, entonces no sabes qué puede serlo. Si no es violencia que cinco desconocidos eyaculen dentro de ti, pudiendo dejarte embarazada a tus 18 años o lo que es peor, contagiarte una enfermedad de transmisión sexual que arrastres de por vida, entonces no entiendes nada. La próxima vez que se te acerque un chico, por bienintencionado que sea, es posible que utilices el spray de pimienta que has tenido que comprar, previa presentación de tu DNI.

Esto no es un relato riguroso de los hechos sucedidos en Pamplona porque ni somos los magistrados, ni los abogados, ni los 6 que estuvieron aquella noche en el portal. Pero sabemos lo que es ir por el metro, por la calle, por un garaje, con miedo. Miedo a que salga alguien de cualquier rincón y te obligue a hacer algo que no quieres. Miedo a que lo más sagrado que tienes, tu cuerpo, quede a su total disposición sin que nada puedas hacer. Miedo a que si eso ocurre, y decides resistirte, además de ceder obligatoriamente tu cuerpo para el uso y disfrute de un completo desconocido, puedas llevarte una paliza o lo que es peor, que tus padres te tengan que buscar ahogados por la angustia para encontrarte 16 meses después, desnuda y descompuesta, en un pozo a 8 metros debajo del agua. Miedo a que tus padres tengan que pasar el resto de sus días clamando una justicia que nunca llegará, porque no puedes volver a tener un huevo después de romperlo. No puedes recuperar a una hija que ha sido asesinada. No puedes recuperar una mente y un cuerpo que han sido violados. Nunca habrá una condena suficiente para compensar esto. Qué menos que reconocimiento y apoyo a las víctimas.

Eduquemos a los niños, a los jóvenes y a los mayores. El sexo es algo muy divertido pero muy serio. Nada más vulnerable que una persona desnuda. Nada más sagrado que un cuerpo. Nada más imprescindible que el respeto por la vida y la voluntad del otro.

Si hay sexo sin consentimiento

Hay VIOLencia

Hay intimidACIÓN

Hay VIOLACIÓN

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